En la Ciudad de Buenos Aires se realizó una gran movilización de resistencia frente a la política del Estado nacional de cerrar el Hospital en Red Laura Bonaparte. Este es un centro de referencia en el tratamiento interdisciplinario de las adicciones, y de la salud mental, con atención de demanda espontanea las 24 hs. los 365 días del año. Esta medida causo gran conmoción y la consiguiente movilización en las puertas de la institución, con una permanencia y pernocte de trabajadores y trabajadoras, pacientes, organizaciones sociales y la comunidad psi. Esta gran movilización y el impacto en la opinión pública obligaron al gobierno a retroceder con la medida. Sus trabajadoras y trabajadores se hallan en estado de alerta.
Compartimos unas palabras de un trabajador del hospital

Por Alejandro Fernández, trabajador del Hospital Laura Bonaparte
Morir, la muerte, es acaso la única certeza que podemos tener sin temor a equivocarnos. Sin embargo, resulta imposible la certeza del momento y la forma en que la muerte ocurrirá. Algunas veces es un proceso largo, que requiere cuidados y que a su vez ofrece la oportunidad de reconciliaciones (con otros, con uno mismo) y despedidas que servirán de alivio o consuelo al momento de aceptar que algo amado ha sido perdido. Otras, es un instante en donde algo vivo se interrumpe trágica y definitivamente, sin ofrecer nada; y el consuelo es lejano y sin nombre. Esa muerte se nos presenta inexplicable y deja una sensación de crueldad: algo ha sido cruel con nosotros, una crueldad que es más cruel porque es injusta e innecesaria, como toda injusticia, como toda crueldad.
Y entonces aparece la locura que arrasa, desfigura, enajena y asusta; el loco se va quedando solo, porque lo vamos dejando solo, porque nos muestra algo así como un espejo de circo, donde somos nosotros pero no; y ese miedo nos rompe y la distancia nos hace creer que estamos a salvo, que no somos eso que se nos presenta como reflejo ominoso; y el loco se va acercando, lo vamos empujando hacia una muerte cruel, injusta, de soledad innecesaria.
Pero la locura nada tiene que ver con la muerte; es, quizás, la forma más salvaje que un desahuciado encuentra de aferrarse a la vida; y ese arrebato final, ese salto al vacío en el que se eterniza el destronado de alguna felicidad, no nos muestra el horror del loco, nos muestra el limite final de un valiente, el borde simple de nuestra cobardía.
¿Y el amor? El amor anda por ahí para inventarle al loco alguna forma de hogar; a veces es un abrazo, otras un pucho compartido en silencio, un mate lavado que se renueva con yerba seca y agua caliente, ver llorar, en fin, acompañar en el dolor a ese que acaba de llegar de una guerra nuclear que ganó apenas ayer; decirle a otro en voz muy baja que ya es hora de disfrutar una buena ducha; decir NO y aceptar ser por un rato el lugar para su bronca y decepción infinitas… y así, día a día, en el hospital, en el consultorio, nosotros los cobardes nos asomamos al vacío, y acompañamos la salvaje valentía de ese que se anima a soportar seguir viviendo a pesar de que una vez y para siempre supo que no valía la pena.
